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Rielar sobre la quebrada

Pese a que estoy tratando de acondicionar el horario a una rutina lo más saludable posible, tengo algunas noches en que duermo intranquila, tengo sueños extraños, o me despierto y no puedo continuar durmiendo. He leído algunos artículos que explican esta situación. Ante la cuarentena que estamos viviendo y el aislamiento en casa que ya va a tener un mes, me estoy dando cuenta que han venido a mi recuerdos de mi infancia y sensaciones frente a imágenes que viví.

Anoche recordé la quebrada que está junto a la casa de mis padres en La Ciénega. El camino hacia Laguna Real se toma luego de desviarnos de la carretera principal, por allí se serpentea con distintas pendientes, y luego de un corto recorrido, se encuentra la colina desde donde se observa el sencillo riachuelo que se aposenta entre la montaña, árboles y enormes rocas, probablemente productos de algunos deslaves de tiempos lejanos que ni la historia de los vecinos tiene en su memoria.    

Mi primer recuerdo de ese lugar no es del riachuelo, es sobre la furia de la corriente del agua, una pared de agua crecida que podía arrastrar todo a su paso. Este suceso incomunicaba a las personas que vivían en la zona, aunque esas crecidas según recuerdo nunca duraban más de cuatro horas.  

El acceso a la casa queda al pasar la corriente de agua, un par de metros tal vez. Allí se encumbra el camino que nos lleva a un lugar muy especial. La quebrada fue el lugar donde aprendí acerca de los renacuajos, aunque nunca vi sapos, ni ranas que me demostraran que crecieron satisfactoriamente, probablemente era la cuna  y ellos se desplazaban corriente abajo.

Por la quebrada podíamos ir de excursión siguiendo el sendero que la corriente dejaba a su paso. Allí vimos enormes piedras, escondites perfectos para nuestros juegos, y donde seguro algunos animales se escondían de nuestra presencia bulliciosa.

Mi mamá que no era muy amigable fuera de los linderos de su propiedad, nos dejaba correr como quisiéramos, creo que confío mucho en nuestras habilidades, y la verdad es que a pesar de las caídas no fueron más que raspones los que traíamos a casa. Hoy día entiendo el por qué nuestros vecinos nos conocían a todos, éramos los únicos niños de la zona que andábamos en esas correrías.

Recién mudados en el año 83, muchas personas lavaban carros en ese lugar, manejaban descuidadamente los residuos de aceites y combustibles  que tomaban la corriente de agua, mucha de esa agua era utilizada por las personas de la zona rural. Pesé a los esfuerzos por llamar a la conciencia ciudadana, varias llamadas de atención y peleas no había cambios, solo se solucionó el día que Papá y Mamá diseñaron, y mandaron a hacer por su cuenta un aviso que decía: “Prohibido lavar carros” y firmaba GN. Las siglas pertenecían a la Guardia Nacional, aunque no era real fue la solución para ese problema de contaminación.

La quebrada tenía un manantial a un lado, allí se podía ver el brote de agua, un lugar sagrado. Siendo una niña escuché a mi papá hablar de proteger el naciente con mamá, pero yo no sabía que allí en esa pequeña construcción de cemento se resguardaba uno de los tesoros más preciados de la humanidad, un naciente de agua tan necesaria hoy día.  

Ese lugar nos sirvió como asiento, como plataforma de saltos, como lugar donde reposábamos mientras esperamos el turno en las carreras de carros, competencia que había inventado mi hermano luego de recibir unos carros de pedales como obsequio, símbolo de audacia y valentía, pues adultos y niños eran tentados a empujar el carro por la pendiente alta, volcarse con toda velocidad sobre la quebrada, cruzar y ser detenidos por la pendiente contraria.

Varios tíos y primos, subieron a los gokart de pedales, hoy son parte de la lista de conductores atrevidos de la familia. Muchos fueron observadores que se sorprendían ante aquella pendiente de más de 60 grados, probablemente se sentían tentados pero posteriormente se resistían por el miedo o por la previsión.

De la quebrada tengo muchos recuerdos, pero hay dos que me quedaron grabados para toda la vida. El primero es de tristeza y miedo, y es que luego de un fuerte aguacero y la corriente del agua estaba fuerte, un vecino necesitó pasar por allí, y dando dos zancadas pasó el tramo pero resbaló, y fue a parar al borde entre la carretera y la caída de agua, golpeándose la cabeza y muriendo en el lugar. Lamentablemente quedó tendido cerca de la corriente de agua, allí existe hoy día una pequeña capilla que impide olvidar el suceso.

Otro recuerdo es lo que para mí es la muestra de amor de mi Papá y mi Mamá, estudiábamos en la universidad y teníamos que pararnos a las 4.30 de la mañana pues las clases comenzaban a las 7.00, teníamos que hacer un recorrido de poco más de una hora para llegar desde la casa hasta la institución en San Cristóbal. En varias ocasiones nos quedamos sin carro, a lo que se sumaba el tiempo de lluvia. Mi papá se colocó sus botas de goma hasta la rodilla y nos cargó en su espalda a cada uno para cruzar la quebrada, así nos garantizó que llegábamos a tiempo a la carretera donde un señor que conducía un malibú rojo nos llevaba al terminal del pueblo.

Anoche pensé en el privilegio que tuve en mi infancia, la enorme bendición que ha sido formar parte de mi familia,  ellos son como el rielar sobre la quebrada, la luz del sol que penetraba por los espacios de los enormes árboles y reposa sobre la superficie del agua, convirtiéndose en hermosos brillos que siempre te dan alegría al recordar.

Autor:

Soy una persona que anhela más conocimientos y eso me lleva a estudiar, investigar, y escribir. Soy una persona optimista, que tiene la vista puesta en el ahora con la esperanza de un porvenir mejor. Estas páginas que administro busca intercambiar ideas y mejorar mis habilidades comunicativas.

2 comentarios sobre “Rielar sobre la quebrada

  1. Wow.. excelente escrito me encantó sobre todo porque de alguna manera estamos viviendo situaciones es muy oarecidas en relación a la cuarentena, me sucede igual despierto de madrugada sin poder dormir y los pensamientos me abrazan y ya termino escuchando el canto de los gallos y una meditación guiada para poder dormir de nuevo. La mejor parte de la lectura fue cuando vi San Cristóbal wow, soy también de allí y tengo hermosos recuerdos. Te felicito gracias por compartir tu escrito lo disfruté

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